Una característica de los índices de criminalidad en México es la violencia: según el Institute for Economics & Peace con sede en Bruselas, en Jalisco se registraron 2,226 delitos con violencia por cada 100 mil habitantes, entre los que se incluyen homicidio, robo, violación y asalto. De acuerdo con los expertos, hay factores de riesgo que actúan para que la violencia sea ejercida desde diferentes niveles.

Nuestra invitada en el cuarto programa, la doctora Araceli Sanz Martin trabaja en el Instituto de Neurociencias del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias de la Universidad de Guadalajara (CUCBA), y actualmente investiga los efectos del estrés temprano en el desarrollo del sistema nervioso central. En estas investigaciones ha analizado las diferencias en el desempeño cognoscitivo de los niños violentados cuando procesan diferentes estímulos.

El estrés es una respuesta inespecífica del organismo ante una situación que resulta amenazante o desafiante y es, según la experta un detonador y una consecuencia de la violencia: “el estrés puede hacer que las personas pierdan el control y que reaccionen instintivamente y esto puede llevarlos a cometer conductas violentas, igualmente si una persona está viviendo situaciones de violencia esa violencia le está generando estrés, son situaciones amenazantes que van a generar respuestas en el organismo de muy diversa índole”.

Básicamente lo que ha encontrado el equipo de la doctora Sanz Martín en los niños expuestos a situaciones de violencia es una alteración en diversos procesos cognoscitivos. Entre estos procesos, destacan las funciones ejecutivas, que no son más que una serie de procesos cognoscitivos que nos ayudan a trazar metas, implementar planes, hacer estrategias, eliminar la información irrelevante y modificar las estrategias en caso de ser necesario.

Todas estas habilidades tienen que ver con una estructura cerebral conocida como la corteza prefrontal –la parte del cerebro que está justo detrás de la frente-, un área que según la experta es extremadamente vulnerable al estrés temprano. También se han observado ciertos problemas de memoria, particularmente con estímulos que con contenido emocional.

Uno de los descubrimientos más interesantes de la investigación, ha sido el impacto del estrés diferencial dependiendo del sexo: “hemos trabajado con niñas víctimas de abuso sexual infantil que padecen transtorno de estrés postraumático y en ellas hemos encontrado que el cerebro está hiperconectado, lo cual nos habla de que hay poca especialización de las distintas áreas del cerebro.”

La doctora explicó que conforme crecemos, diversas áreas del cerebro se van especializando en ciertas funciones como el lenguaje, el reconocimiento de rostros  o las habilidades visuales y espaciales. En estas niñas hay un retraso en esa especialización cerebral, inversamente a lo que ocurre con los varones: “en los varones hay una menor conectividad funcional entre las áreas frontales y las áreas posteriores del cerebro”, indicó. La literatura del tema cuenta con estudios en los que se da cuenta de que el maltrato infantil en las niñas deriva en transtornos de la personalidad de tipo límite y en los niños en el desarrollo de conductas antisociales, lo cual según la doctora es la forma en que se perpetúa esta violencia.

La investigadora y su equipo también han investigado la relación del estrés con otros factores de riesgo, como la pobreza. Para esto desarrollaron un modelo de estrés temprano llamado “limitación de cama-nido”, en el cual a ratas madre, les limitaron el material para poder fabricar su nido, simulando la situación de precariedad, lo cual genera estrés en la madre, provocando una conducta anormal: “no es que muerda a las crías, no es que las abandone pero no es tan cuidadosa con ellas (…) estas ratitas cuando llegan a la edad adulta, son más instintivas que otras ratitas que no son sometidas al modelo de estrés”.

Actualmente el equipo de investigación que dirige la doctora Araceli Sanz trabaja en granjas con menores infractores, que cometieron crímenes graves. Ahí evalúan su funcionamiento ejecutivo y la actividad encefalográfica antes y después de un entrenamiento que consiste en técnicas meditativas conocidas como “atención plena”, donde los jóvenes aprenden a observar su cuerpo y descubrir los detonadores que los llevan a reaccionar instintivamente, a relarse y a ser más compasivos con los demás.

“Lo que hemos visto es que este entrenamiento hace que los muchachos mejoren el funcionamiento ejecutivo, particularmente de las cuestiones que tienen que ver con la corteza prefrontral dorsolateral y que además haya cambios muy importantes en la actividad eléctrica del cerebro, las áreas frontales se conectan de una mejor manera entre sí”, apuntó respecto a los resultados del entrenamiento.

Para escuchar la entrevista completa con la Dra. Araceli Sanz, ve a este enlace